Echaron a los periodistas y esmerilaron los vidrios: adentro, las brujas umbanda de Karina Milei tomaban decisiones de Estado
Esmerilaron los vidrios para que los periodistas no miren, pero adentro había brujas umbanda tomando decisiones de Estado..
La pregunta ya no es si ocurrió o no. Después de dos años y medio de versiones que circularon por todos los pasillos del poder, un medio digital acaba de ponerle nombre, apellido y detalles a una trama que muchos preferían tratar como chisme de feria. La información es explosiva: desde finales de 2023, tres sacerdotisas umbanda traídas directamente de Brasil operan dentro de la Casa Rosada por decisión de Karina Milei. No fueron a hacer turismo. Fueron a influir en decisiones de política social y económica, a asesorar sobre negocios que involucran al Estado y a proteger espiritualmente al Presidente de la Nación. La pregunta que sobrevuela todo es inevitable: ¿a los periodistas los echaron de las conferencias de prensa, pero a tres brujas extranjeras les abrieron las puertas de Balcarce 50 de par en par?
El informe publicado por La Raíz Online reconstruye una secuencia que arrancó apenas los Milei se instalaron en el gobierno. Las fuentes consultadas, pertenecientes al círculo interno de la administración libertaria, afirman que Karina Milei tomó la iniciativa personal de convocar a estas mujeres desde Brasil. Su misión no era decorativa ni folclórica: consistía en asistirla espiritualmente en la toma de decisiones, aconsejarla en operaciones con bienes estatales y, sobre todo, montar una suerte de escudo esotérico alrededor de su hermano. Mientras la prensa era reducida a un enemigo público, tres personas sin ningún cargo oficial, sin concurso, sin transparencia, ingresaban a la sede del Poder Ejecutivo para influir sobre los destinos de 47 millones de argentinos.
Los cambios no se limitaron a lo intangible. Con el desembarco de La Libertad Avanza, la fisonomía de la Casa Rosada se alteró de manera visible y, a la luz de esta información, ahora se entiende mejor por qué. El Salón de las Mujeres fue borrado del mapa y rebautizado como Salón de los Próceres Argentinos por orden directa de Karina Milei. Pero la cirugía más reveladora fue otra: se mandó a esmerilar los vidrios de varias oficinas para impedir que nadie viera desde los pasillos lo que ocurría puertas adentro. La excusa oficial fue la privacidad de los equipos de comunicación digital que se instalaron en esa zona. Hoy, con los nuevos datos sobre la mesa, la palabra “privacidad” adquiere un significado completamente distinto. ¿Qué era lo que no querían que los periodistas, los empleados de carrera o cualquier funcionario de paso pudiera ver?
La respuesta que dan las fuentes a La Raíz Online estremece: en esos espacios reservados se realizaban ceremonias espirituales. No eran encuentros íntimos. Eran rituales umbanda, con todo lo que eso implica según la rama que se practique. Cantos, tambores, danzas y, en algunos casos, ofrendas que pueden incluir sacrificio de animales. La sola posibilidad de que en la sede del gobierno nacional se hayan llevado adelante prácticas que la Ley 14.346 —la vieja y conocida Ley Benítez— castiga por considerarlas actos de crueldad animal, debería alcanzar para activar todos los mecanismos de control del Estado. Sin embargo, el silencio fue absoluto.
La cronología no es casual. El informe detalla que estos rituales se intensificaron justo después de los escándalos más ruidosos que golpearon al oficialismo. El caso $LIBRA, con su estela de denuncias por estafa y vínculos non sanctos. Las filtraciones sobre presuntos negocios personales con la Aduana. Los conflictos irresueltos alrededor de la Agencia Nacional de Discapacidad, donde la gestión de la propia Karina Milei quedó en el centro de la tormenta. En ese contexto, las sesiones umbanda cambiaron de objetivo. Ya no solo buscaban protección espiritual. Ahora también se usaban como un método para detectar quiénes estaban filtrando información interna dentro del oficialismo. La paradoja es feroz: un gobierno que hizo de la transparencia fiscal un dogma y que demonizó al periodismo como casta enquistada, terminó recurriendo a prácticas esotéricas para cazar topes.
No se trata de un prurito religioso. La objeción no pasa por la fe de nadie, sino por el uso del aparato estatal para sostener una estructura de influencia paralela, sin control democrático, sin rendición de cuentas y sin el más mínimo respeto por la división entre lo público y lo privado. Tres personas traídas de otro país, sin vínculo formal con la administración pública, participando de decisiones económicas y políticas. Eso no es libertad de culto. Eso es, en el mejor de los casos, una entrega irresponsable de las herramientas del Estado. En el peor, una trama de ocultamiento deliberado.
El periodista Baby Etchecopar ya había anticipado una punta del ovillo en 2025, cuando soltó al aire una imagen que muchos tomaron a la chacota pero que hoy suena a descripción literal: “(Javier Milei) tiene una cama en su despacho donde se acuesta y se tapa con una cosa negra para que su hermana toque una campanita y aleje a los malos espíritus”. La frase se viralizó, generó memes, alimentó el folklore tuitero y quedó flotando como una excentricidad más del líder libertario. Ahora, a la luz de la investigación de La Raíz Online, esa campanita y esa cosa negra dejan de ser una humorada y se convierten en la punta visible de un mecanismo mucho más profundo y sistemático.
La umbanda, vale aclararlo, es una religión nacida en Brasil a comienzos del siglo XX, con figuras como Zélio Fernandino de Moraes, que mezcla elementos africanos, católicos, indígenas y espiritistas. Tiene comunidades en Argentina, Uruguay y Paraguay, y sus ceremonias se realizan en templos llamados terreiros. Algunas de sus ramas incluyen el sacrificio ritual de animales, una práctica que la legislación argentina castiga sin matices. No es un dato menor: si en la Casa Rosada se llevó a cabo un solo sacrificio de este tipo, quienes lo permitieron podrían estar incursos en un delito. Y quienes lo ordenaron o consintieron, también.
El contexto regional le suma espesor al asunto. América Latina tiene una larga tradición de líderes políticos que combinaron el poder terrenal con el consejo de santeros, chamanes y sacerdotes africanos. Evo Morales en Bolivia, François Duvalier en Haití, Carlos Salinas de Gortari en México, Marta Sahagún metiendo santeros a Los Pinos para favorecer a Vicente Fox. Los Milei, en ese sentido, no inventaron nada. Pero hay una diferencia sustancial: todos esos casos fueron denunciados en su momento por el periodismo, investigados y sometidos al escrutinio público. Acá, en cambio, el hermetismo fue la regla. Y quienes intentaron preguntar se toparon con el conocido latiguillo oficial: “Operan en contra del gobierno”.
El dato de los vidrios esmerilados es simbólicamente devastador. En un país donde la Casa Rosada debería ser la casa del pueblo, donde las decisiones se toman con expedientes y no con ofrendas, la metáfora es demasiado gráfica: opacaron los vidrios para que nadie vea lo que hacían. A los periodistas los corrieron de las conferencias, les quitaron el acceso directo, los acusaron de mentir y ensuciar. Pero a tres brujas brasileñas les dieron oficina, influencia y la llave de la intimidad presidencial. La pregunta que titula esta nota no es retórica: ¿periodistas no, brujas sí?
Lo que sigue abierto es el capítulo de las responsabilidades. El Poder Ejecutivo no ha desmentido formalmente estas versiones, que ya acumulan más de dos años de circulación. Los cambios edilicios están a la vista de cualquiera que camine por Balcarce 50. Las fuentes son internas, no anónimos de red social. Y la secuencia de hechos —la llegada de las sacerdotisas, la intensificación tras los escándalos, el destino de las ceremonias para identificar filtradores— tiene una lógica interna difícil de desarmar sin una explicación oficial que nunca llegó.
Mientras tanto, la Argentina real discute inflación, ajuste, pobreza y deuda. Del otro lado de los vidrios esmerilados, los tambores suenan y las campanitas alejan espíritus. A este gobierno, que se presenta como faro de racionalidad económica y batalla cultural contra lo que llaman “zurdos empobrecedores”, le faltó explicar por qué la razón y la transparencia se detuvieron en la puerta de ciertas oficinas. Ahí adentro, donde no podían entrar ni los periodistas ni la ley, gobernaban las brujas.
Fuente: La Raíz Online, 13 de mayo de 2026.
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