Malvinas: la condecoración que desnuda la farsa del 'giro malvinero' y entrega el petróleo a Israel mientras la Cancillería se divide
Los pasillos del Palacio San Martín son hoy un campo minado. Mientras en la Casa Rosada intentan instalar la idea de que el Gobierno endureció su postura sobre las Islas Malvinas, en la Cancillería cunde el desconcierto y el escepticismo entre los diplomáticos de carrera. La razón de esta interna es una contradicción flagrante: en la misma semana en que se intenta vender un supuesto "giro malvinero", el canciller Pablo Quirno condecoró al saliente embajador de Israel con la máxima distinción que otorga el Estado argentino, en lugar de citarlo para exigirle explicaciones por la explotación petrolera en el archipiélago. Lo que ocurre no es un cambio de rumbo, sino una maniobra de maquillaje que deja al descubierto cómo se negoció la soberanía de espaldas al país.
El nudo de la crisis interna tiene nombres, apellidos y medallas. Quirno, quien hace menos de un mes declaró públicamente que "la soberanía es un concepto anticuado" al sugerir que un inversor extranjero podría comprar una provincia entera, le impuso la Orden de Mayo al Mérito en el grado de Gran Cruz al diplomático israelí Eyal Sela. El desprecio por la carrera diplomática es evidente: Israel es el país de origen del principal inversor en la extracción de crudo en Malvinas. Los expertos en relaciones exteriores aseguran que cualquier nación seria hubiera frenado la compra de fusiles IWI Arad —con los que se pretende reemplazar los históricos FAL de las Fuerzas Armadas— hasta obtener gestos categóricos del gobierno de Benjamin Netanyahu. En cambio, aquí se premia a quien debería ser advertido. A esto se suma que la titular de la Secretaría Malvinas, Paola Di Chiaro, coordina directamente con el Foreign Office el programa Future Leaders, junto a la Fundación Global y el programa Chevening. Los seminarios sobre defensa, seguridad marítima e hidrocarburos no terminan en un aula, sino en la propia residencia del embajador británico.
- Para entender el tamaño del desguace, hay que mirar los cimientos de lo que internamente bautizaron como la "Doctrina Plaza". La embajadora en Londres, Mariana Plaza, ejecutó sin chistar las directivas de la Casa Rosada y de Washington. El punto de inflexión fue el pacto firmado por la entonces canciller Diana Mondino y su par británico, David Lammy. Ese acuerdo permitió vuelos a las islas desde San Pablo sin pisar territorio continental argentino, desmanteló los controles de pesca y habilitó la explotación petrolera del proyecto Sea Lion. La desmalvinización fue la norma intocable. Por primera vez en la historia democrática, un presidente y su ministra hablaron de la "autodeterminación de los kelpers", alineándose con el reclamo histórico de Londres. Milei incluso planteó que los isleños deberían elegir ser argentinos por las "ventajas" de la política libertaria. Cualquier funcionario de carrera que alertara sobre este desastre fue marginado, silenciado o amenazado con expedientes disciplinarios.
¿Y cómo te pega a vos todo este entramado diplomático? La respuesta es cruda y directa. Mientras se dilapida el histórico respaldo internacional que tenía la causa Malvinas —al votar en la ONU junto a Estados Unidos e Israel contra tipificar la esclavitud como delito de lesa humanidad, o al respaldar a Donald Trump en su guerra contra Irán, alienando a los bloques africanos, islámicos y europeos—, la simulación patriótica busca tapar el descalabro de tu bolsillo. Consultores políticos coinciden en que este repentino discurso soberano es una cortina de humo electoral. Intentan que te conmuevas con la bandera que levantan los jugadores de la selección para que no mires la incertidumbre de perder tu trabajo, ni la angustia de no saber cómo vas a llegar a fin de mes. Te venden una gesta épica en los micrófonos mientras entregan los recursos naturales y la defensa nacional en los despachos cerrados.
El Gobierno sabe perfectamente que tiene en sus manos herramientas para torcer el brazo de estas concesiones, como pausar contratos de inteligencia o frenar la modernización del armamento. Sin embargo, elige no usarlas. Lo que está en juego ya no es solo el futuro geopolítico del Atlántico Sur, sino la propia dignidad institucional de la Argentina. Cuando los que advierten sobre el despojo son perseguidos y los que facilitan el negocio extranjero reciben medallas de honor, el reclamo soberano queda reducido a un eslogan de campaña. Y la historia demuestra que las islas no se recuperan con discursos de sobreactuación, sino con una política de Estado que no se arrodille ante el mejor postor.
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